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Yo sè, amigo mìo, que estoy hecha de un millòn de nostalgias, que a menudo el pàjaro de la tristeza se posa en mi hombro. Entonces, se me vuelven los pàrpados como infinitamente agobiados por antiguos cansancios, por noches en vela muy solitarias y amargas, por sueños que la vida me robò de un zarpaso. Sè tambièn, amigo mio, que he sido felìz tantas veces que a caso compense con creces algùn llanto furtivo deslizado en tardes de invierno. Pero la làgrima puede ser infinitamente mas pesada que la sonrisa, y funda marcos dentro de uno, que se me ocurren lechos de arroyos perdidos. Por eso le temo a la oscuridad y a los espejos. Porque alli se acrecientan mis propios fantasmas, la leyenda vil de la amargura, las culpas que a menudo me señalan inquisidoras y crueles. Y esta interminable agonìa de los atardeceres que nunca se acaban y se prolongan, y prolongan hasta el hartazgo, tornando al reloj perezoso y enemigo. Y yo... ansiando que de una vez estè todo oscuro afuera, que sea la noche... para hundirme en mi paz de letras, o acaso en algùn amigo antiguo que vendrà a verme repleto de proyecto o nostalgias, que es casi lo mismo, porque el sueño de hoy es la melancolìa del mañana. O simplemente mirarnos con un dejo de consuelo o de esperanza. Y esta espantosa soledad que atraviesa mi puerta sin golpear, que simplemente se adueña de mis cosas con sus etèreos pàjaros sombrios y angustiosos, que revolotean en mi habitaciòn y rasgan los silencios desde los rincones...